"No seas como tantos escritores, no seas como tantos miles de personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso, no te consumas en tu amor propio."

Charles Bukowski



15 de abril de 2014

Noocracia YA


-   ¿Puedo hacerte una pregunta indiscreta?
-   Te contestaré también con indiscreción.
-   ¿A quién vas a votar?
-   ¿Qué a quién? Imaginé que lo sabrías.
-   Eres un poco raro, es difícil adivinarlo.
-   No voy a votar, esta vez no. Dejo el circo.
-   ¿Cómo no vas a votar? Sólo estás desencantado, pero debes pensarlo fríamente.
-   Lo tengo todo pensado. El domingo por la mañana me afeitaré, me ducharé y me masturbaré, sin asomo de lujuria ni deseo, pensando en la paliza que le daría a esos comemierdas que no paran de pedirme el voto. Luego bajaré a comer, seguramente al restaurante del puerto. Sirven un vino blanco que sabe a miel, y los chopitos los hacen de maravilla. Y luego está el sonido de las olas mientras masticas, el olor de la sal… espero estar suficientemente borracho a la hora del recuento como para no enterarme de nada. Y así seguir un par de días, hasta que algún capullo se encargue de destriparme el resultado final.
-   Estás hablando en broma.
-   Para nada. No es un asunto sobre el que suela bromear.
-   ¿Pero cómo no vas a votar a nadie? Debes ejercer tu derecho. Nuestros abuelos, nuestros padres lucharon toda su vida porque hoy nosotros podamos ejercer nuestra libertad de votar al comemierda que queremos que nos gobierne. Muchos murieron por la democracia.
-   También muchos murieron en las cruzadas y era una empresa salvaje. Otros murieron por Hitler, por Franco, por Pinochet, por Stalin, por Alá. La muerte de las personas no sacraliza su causa.
-   Salvo que en este caso murieron por la democracia, no por ideales religiosos ni por ansia de conquista. Por la democracia. Porque nosotros pudiésemos, para bien o para mal, elegir a nuestros gobernantes.
-   Tus argumentos no me convencen. Mis abuelos, mis padres, no lucharon por la democracia. Lucharon por la justicia, por la libertad, por el amor, por el fin de las guerras, por la igualdad entre sexos y razas. Y fracasaron. Se ganaron unas cuantas batallas, no digo que no, pero la guerra tiene un claro vencedor. La democracia que defiendes es el más sofisticado engranaje de sumisión diseñado por la humanidad. Te da esperanza. Todos sabemos que las cosas van mal, que la sociedad actual es tan desigual o más de lo que era hace un par de siglos. Pero todos tenemos la esperanza de que si votamos a otros, las cosas cambiarán. La pregunta es: ¿cuánto tiempo tiene que pasar para darnos cuenta de que las cosas no van a cambiar?
-   Yo sí votaré. Por muy inútil que sea, porque no votar tampoco cambiará nada.
-   Haces bien, cada uno pierde su tiempo como quiere.
-   ¿Y cuál sería tu ideal de sociedad? ¿El comunismo? ¿El anarquismo?
-   ¿Anarquismo? No, que va. Ese es un ideal demasiado utópico. La gente no está dispuesta a perder tres horas diarias de su vida haciendo política en las asambleas de una comuna hippie. Pedimos a gritos ser sometidos, que las decisiones sobre nuestra vida las tomen otros. El voto sólo nos quita una hora de vida cada cuatro años, y sirve para que no nos sintamos tan irresponsables.
-   ¿Entonces, cuál sería tu organización política ideal de la sociedad?
-   No tengo ni idea. A veces creo que la noocracia socrática sería una buena solución. Parto de la base de que la gente es demasiado estúpida como para saber lo que le conviene, e incluso para distinguir moralmente lo correcto de lo incorrecto. Y asumo que el mecanismo puesto en marcha por las élites para embrutecernos es un trabajo muy fino, gestado a lo largo de varias décadas, y casi imposible de parar. Existen millones de trabas para el desarrollo de la inteligencia en las masas. Programas televisivos que aíslan los hemisferios cerebrales, los fenómenos de masas mundiales creados por internet, los smartphones y sus adictivas aplicaciones, la competencia deportiva, las modas efímeras creadoras de insatisfacción continua, la información obvia y desmoralizadora de los medios de comunicación, las jornadas de trabajo de ocho y diez horas, las actividades extraescolares de los niños, la obsesión por el físico, la comida basura, la conversión del arte en entretenimiento… Cada año el mundo gira más deprisa, y los cerebros funcionan más despacio. La única salida es quitarle el poder a los estúpidos y dárselo a los sabios. Sabios humanistas. Si alguien tiene que decidir por nosotros que al menos sean ellos.
-   ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? Te cargas la libertad de un plumazo, aunque sea escasa la que ahora tenemos. Puedes decirlo con palabras más o menos bonitas, pero hay una que resume perfectamente esa forma de gobierno. Una dictadura.
-   Puede ser. Pero se me olvidaba otra de las grandes virtudes de la democracia: es un nombre mucho más bonito que el de dictadura. Pero son sinónimos. Y dime, ¿es que acaso nos pueden ir peor las cosas? Pregunta en Sudán, o en Taiwan, o en Haití a ver qué te dicen.
-   Sus democracias son débiles, están corrompidas, y en resumen, tienen poco de democracias. No me compares, también podríamos hablar de Finlandia, o de Suiza, o de Canadá.
-   La corrupción y debilidad de sus democracias son un elemento indispensable para que finlandeses, suizos y canadienses vivan como viven. Desengáñate, para que tu móvil tenga GPS se necesita esclavizar a la mitad del planeta.


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16 de enero de 2014

Recuerdos, dudas e ilusiones (II)


30 años de vida y espero no tener que vivir muchos más. Mi hija está a punto de nacer y, aunque no se lo he podido confesar ni siquiera a mi psicólogo, no tengo ni ganas ni fuerzas de pasar por esto. Tengo un terrible dolor en el pecho, un terror que me paraliza en la silla de la sala de espera, y bastantes ganas de vomitar. Hace un rato una enfermera se me ha acercado para preguntarme si me encontraba mal y ha insistido en que me mirase un médico.

“No gracias, sólo son los nervios, mi hija está a punto de nacer”.

Quería viajar por todo el mundo en mi juventud y por culpa del dinero y la salud he salido de mi país sólo dos veces en diez años. Doce veces de mi ciudad. Ahora tengo el trabajo más monótono que existe que me permite mantener a duras penas una vida aburrida que jamás deseé. Vivo en una casa de las afueras y todos los días pierdo dos horas de mi vida metido en los atascos. Pero no todo en mi vida es tan penoso, no sería justo dar esa impresión. Al menos me alegra saber que a mis amigos de la infancia no les va mucho mejor que a mí. No me siento tan fracasado y a veces incluso llego a pensar que esta apatía vital es inevitable para el hombre cuerdo. Una vez al año vuelvo contento a casa: el día en que nos reunimos para cenar. He observado a mis antiguos amigos, y debajo de las sonrisas y las repetitivas bromas de aquellos que un día fueron tan soñadores e ingenuos como yo, veo en sus ojos el mismo abatimiento y tristeza que me invade noche tras noche. No veo ninguno de los sueños que tenía de joven cumplido y tengo la sensación de que no los veré. El psicólogo dice que tengo la famosa depresión de los treinta, y que me espere a tener cuarenta para darme cuenta de lo bien que me van las cosas. Hay días de consulta que acabo yo consolándole a él.

Un médico me llama a la sala donde ya ha nacido mi hija. Debería estar entusiasmado, pero tengo miedo y una sensación de desamparo frente a la vida que me provoca un mareo terrible, haciendo que me cueste varios minutos llegar al interior de la sala. Y allí está Yolanda, amoratada por el esfuerzo, en los brazos de su madre. La cojo, la miro a sus grandes ojos vidriosos que parecen no ver todavía con demasiada claridad, y una lágrima resbala por mi mejilla. Son sentimientos encontrados. Por un lado soy extrañamente más feliz de lo que era hacía unos segundos. Por otro, estoy más aterrorizado de lo que estaba en la sala de espera. Me gustaría no estarlo, me gustaría quererla con locura desde ese preciso momento, no pensar en lo que supondrá en unos días, en unos meses y durante bastantes años. ¿Por qué pienso que no era el momento, que me he equivocado? Que acabo de renunciar de una vez por todas a mis sueños y ambiciones. ¿Por qué me siento atado? Intento quitarme esos pensamientos de la cabeza pero golpean nuevamente con más fuerza. Mi yo más profundo pide a gritos explicaciones. ¿Qué coño estás haciendo? Y a la vez la abrazo contra mi pecho, me siento en un sillón de la fría sala de hospital y la noto respirar, acomodar su cabecita y dormirse. Y a pesar de todo me siento útil por primera vez en muchos años, útil con una persona a la que todavía no estoy seguro de querer pero que espero conseguirlo algún día. Al menos me siento por fin útil, aunque sólo sea de almohada.

En el viaje de vuelta a casa dos días después, voy conduciendo por la autopista. Yolanda duerme en su sillita en la parte de atrás del coche. La sillita es la mejor y más cara del mercado. Medio sueldo gastado en una mierda de sillita que si nos estampamos a 120 kilómetros por hora no va a valer de nada. Pero era necesario, son cosas en las que no vale la pena ahorrar. Mientras, voy discutiendo con María, como es habitual en los viajes en coche de los últimos cinco años. En los viajes en coche, en tren, en la playa, en casa, en casa de los amigos, en los restaurantes, en los cafés, en alguna que otra boda… Discutir se ha convertido en nuestra principal actividad de pareja y ocupa ahora gran parte de mi vida. Así he ido cogiendo mucha práctica en esquivar acusaciones, desviar los temas y defenderme con silencios.

A María le parece que conduzco demasiado brusco. Me dice que ellas no son ovejas y que ahora con la niña no me lo iba a consentir. Que por qué no le hago caso y bajo la velocidad. Que no me pegue tanto al coche de delante que soy un lameculos. Que me he pasado la salida. Y que baje la velocidad de una puta vez. A María también le pareció un bonito nombre el de Yolanda, y horrible el nombre de Ana. Demasiado corto e insustancial. Tan simple como mi personalidad, por eso no le extrañaba que a mí me gustase. Pero, por supuesto, se iba a llamar Yolanda, íbamos a pintar su habitación del rosa más feo de toda la tienda de pinturas e íbamos a comprar una sillita para el coche de seiscientos euros.

Todavía no ha salido el sol y noto que alguien me toca el brazo. Debe ser María. No hago caso y sigo durmiendo, pero el pequeño roce inicial se convierte en un tremendo pellizco que me hace abrir los ojos e incorporarme de un salto.

“¿Qué hostias pasa?”

“No sé cómo puedes dormir tan profundamente y no parar de roncar estando nuestra hija en la habitación. Mira a la niña, nos está mirando, está guapísima”

Tanteo en la mesilla de noche para coger las gafas de intelectual que mi mujer ha elegido para mí y miro la hora del despertador. Las seis de la mañana de un domingo. Qué divertido. Miro a la niña. Está tumbada boca arriba, con el cuello retorcido de forma casi imposible para dirigir la mirada hacia nosotros. Y nos mira con los ojos saliéndose de las órbitas. Al principio tengo miedo de la imagen que parece sacada del muñeco diabólico, pero luego, cuando me doy cuenta de lo que en realidad pasa, me invade el terror.

“¡Está muerta!”

“¿Tú eres gilipollas o qué te pasa? Menudo subnormal de padre tienes hija, espérate a conocerle.”


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14 de enero de 2014

Recuerdos, dudas e ilusiones (I)


80 años de vida y no recuerdo un día mejor que el del nacimiento de mi hija. Y eso que he tenido muchos momentos agradables y alguno que otro de verdadero éxtasis. Hoy puedo decir sin dudar un segundo, que he tenido una vida plena, llena de experiencias, algunas malas y dolorosas, pero en su mayoría buenas. Incluso los malos momentos, a lo largo de los años, suelen ser las mejores lecciones de vida y acabas entendiéndolos como valiosos regalos de la existencia.

En mi juventud viajé mucho, sin un puñetero duro. Me hubiera gustado viajar aún más, pero quizás me hubiese perdido otras cosas que viví quedándome en mi ciudad. Conocí a un montón de mujeres, cada cual más guapa e interesante que la anterior. Y acabé con la mejor de ellas sin duda, María, la que ha sido mi mejor amiga durante casi cincuenta años, mi apoyo incondicional en los momentos más difíciles y los dedos más suaves que han acariciado nunca mi espalda. Y aunque hemos tenido nuestras diferencias, aprendimos a convivir con ellas y conseguir una felicidad que ahora, a mi edad, me parece envidiable. Hace ya más de cinco años que un tumor cerebral acabó con su vida, y todos los fines de semana voy con nuestra única hija, Yolanda, a visitar su tumba. Ella no tarda en marcharse porque tiene una familia, un trabajo de gran responsabilidad y, en general, una vida agotadora. Pero yo suelo quedarme en el cementerio durante horas, con la esperanza de que un día no encuentre la salida y me pueda reunir con mi mujer allá donde esté.

El día que nació mi hija, no quería soltarla. Recuerdo quedarme sentado con ella en brazos mientras María descansaba mirándonos desde la cama. También recuerdo como frotaba su cabeza contra mi pecho buscando protección. Tenía una respiración profunda que parecía provenir de un cuerpo mucho más grande que el de un bebé y tenía una cara tan inocente, tan indefensa, tan angelical. Si me acuerdo con tanto detalle de todo es porque ese momento lo he revivido mentalmente cada día de mi vida, como estoy haciendo ahora.

Recuerdo cuando llegamos a casa dos días después y la pusimos en su cuna de madera, al lado de nuestra cama. Ya teníamos preparada su habitación, llena de peluches y recién pintada de rosa, a pesar del poco dinero con el que entonces contábamos. Pero durante los primeros meses preferimos que durmiese con nosotros. Era una niña tan buena, que ahora mismo no recuerdo un solo llanto por las noches, ni un solo problema con las papillas. La primera mañana que pasamos en casa, María me despertó y me dijo que la mirase. Yolanda estaba con los ojos muy abiertos clavados en nosotros, sin hacer un solo ruido, con una sonrisa cómplice, como queriendo decir “todavía estáis ahí, no habéis desaparecido”. Ellas dos, las mujeres de mi vida, lo han sido todo para mí. Y no habrá eternidad suficientemente larga para podérselo agradecer.





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9 de noviembre de 2013

Jornada espíritu-destructiva recordada en uno de esos días borrasco-nostálgicos


Jarvis Lorry había tenido un largo y fatigoso día de trabajo en el banco. Uno de esos días que él denominaba “jornadas espíritu-destructivas” en esa manía obsesiva suya de etiquetar con tecnicismos cada episodio de su vida. Según su teoría, los días de la vida de un hombre podían clasificarse en siete grandes grupos, a los que había llamado con nombres como “días borrasco-nostálgicos” o “jornadas ímpetu-creativas”. Y en su fanático catalogar y denominar, había caído en la cuenta de que eran más los días malos de casi cualquier persona que los días clasificados como buenos. Exactamente en una proporción de cinco a dos. Que el fin de semana influyese en su teoría no lo tenía todavía demasiado claro.

Nada más entrar en el vestíbulo de su casa se quitó los zapatos, los dejó a los pies del perchero como hacía siempre, se quitó la chaqueta empezando primero por la manga izquierda como siempre, y cuando fue a colgarla en el perchero de siempre, se encontró un sombrero que no había estado siempre ahí. Pero sí había estado en otro sitio, muchas veces.

Se quedó mirando aquel Borsalino totalmente perplejo. Sabía que lo conocía y no se acordaba de qué. Sin su cabeza, ese sombrero quedaba huérfano en la memoria de Jarvis. Y en un acto reflejo, cómo si se tratase de una persona, le dio vergüenza y apartó la mirada de él para no tener que pasar el mal trago de que el sombrero sí le reconociese y pudiese molestarle su falta de retentiva.

En el momento en que alzó la voz para preguntar a su mujer, allá donde estuviese, si tenían invitados, situó el sombrero en la cabeza de pelo rizado y canoso que le servía de sujeción. La de su jefe. Él, que era el primero en abandonar la oficina para, como sabía todo el banco, reunirse con su amante. El jefe que le había mandado acabar el trabajo de toda una semana en una misma noche. Ese mismo jefe que había estado ilocalizable a la hora de avisarle por teléfono de que no podía seguir con el préstamo hasta que no le llegasen los informes positivos del Departamento de Evaluación de Riesgos Financieros y que se iba a casa. Su jefe, que noche tras noche, al pasar a su lado antes de salir de la oficina, le guiñaba un ojo por debajo del ala de su sombrero y le decía con una amable sonrisa: “yo sigo con el trabajo en casa”. A lo que Jarvis sonreía estúpidamente con la esperanza de un futuro ascenso y devolvía el guiño como queriendo decir: “dale fuerte a esa zorrita, yo no diré nada”.


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21 de octubre de 2013

El camino de baldosas amarillas


¿Ves a esa chica de allí, del rincón? Justo allí, apoyada en la barra. ¿No te parece preciosa con esa pose tan dulce y nostálgica, cantando en bajito la canción que estamos escuchando? Tiene una mirada brillante, inteligente. Puede que esté a la altura de lo que aparenta. También existe la posibilidad de que no sea así, pero aparentarlo ya es mucho, hoy por hoy cualquiera aparenta ser un imbécil incluido el que no lo es. Sí, ella tiene algo, tiene clase, tiene una especie de romanticismo que se desata bajo la piel. Es el tipo de chica con la que pasarías horas hablando bajo las sábanas hasta parar las moscas en pleno vuelo. ¿Por qué no te acercas y hablas con ella? Venga, no seas tímido, la muerte te pisa los talones, no tienes ni un minuto que perder. Será fácil, algo limpio, puro. Puedes acercarte y rozarle el cuello casi sin querer. Cuando te mire, aguántale la mirada con cara preocupada y dile bajito en el oído que tenía algo en el cuello y que sólo querías quitárselo. Ha sido un impulso. Que perdone tu indiscreción. Vista desde cerca es preciosa, sin duda. Qué importante es el aspecto físico, que maldita mentira que lo que importa no está en el exterior. El interior importa, es interesante, entretenido e incluso a veces resulta placentero. Pero el exterior es belleza, es arte, inspiración, es sensorialmente pleno y vital. Es pura magia, inexplicable, brutal. La belleza exterior es Dios. Hay una terrible injusticia en la especie humana contra la cual no podemos luchar: la penosa distribución de la belleza. Pero la chica de la barra forma parte de las ganadoras. Venga háblale, no te cortes. Cuéntale las cosas más interesantes que te han pasado, y si no, cuéntale las más banales y añade cohetes artificiales, explosiones de humo, música, color, conejos y chisteras. Qué más da, esto es un juego, es animal, necesitas reproducirte como ser vivo que eres, es innato en ti. Todas tus mentiras están perdonadas de antemano. Ésta va a ser una gran noche, tú lo sabes y debes hacérselo ver. Baila con ella. Moveos como peonzas sobre la pista hasta que los demás se diluyan en sus pensamientos como personajes secundarios. Emborrachaos hasta perder la vergüenza, los recelos, los sentimientos de culpabilidad e incluso ese anillo en los lavabos de alguna discoteca. Reíos como hienas hasta quedar exhaustos, tendidos sobre la arena de la playa, inmortales.

Cuando consigas besarla en la parada de algún autobús nocturno y sientas su lengua enroscarse en la tuya, erizarse los pelos de sus brazos y un ardor a la altura de tu nuca, entonces no pienses. Deja que piense la lengua, que piensen las manos, los lóbulos de tus orejas, el lunar de su cuello. Es el momento, el mundo fue diseñado para ese momento. Sólo entonces la vida cobra sentido, el universo contempla satisfecho que tantos millones de años de crear y destruir han dado sus frutos, que el objetivo último y absoluto por fin se cumple. Una vida entera de una persona cobra valor con un solo instante de esos. Lo demás es solamente el camino de baldosas amarillas.




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22 de agosto de 2013

EROS NO


“No sé qué es lo que me pasa” me dice ella, sentada en el suelo, sin dejar de mirar al frente. Y al frente no hay nada, tan sólo una televisión apagada. “No lo sé”. Luego se queda callada. Su mirada se pierde entre los oscuros reflejos de la pantalla, ausente y a la vez más cerca de mí de lo que había estado nunca.

Le cojo un cigarro de su paquete y le ofrezco, pero ella no parece darse cuenta. Mientras lo enciendo veo formarse lágrimas en sus ojos que enseguida enjuaga con el dorso de la mano. Luego respira hondo y parece volver en sí. Se da la vuelta hacia mí y sonríe, con la sonrisa más bonita y falsa de la que es capaz. “No me pasa nada, es sólo que estoy cansada y he bebido demasiado”. Pero sí que le pasa, claro que le pasa.

“Mira, no tienes de qué preocuparte, creo que debemos evitar situaciones como ésta”, le digo, “no volveremos a quedarnos solos, estaremos siempre rodeados de gente”.

“Pero…” se queda callada, sin fuerzas para decir lo que quiere decir. Acaricia con la yema del dedo el borde de la copa de vino haciendo círculos, y yo quiero ser cristal, copa, cáliz vidriado. Con el pulgar frota un momento ahí donde ha quedado la huella de sus labios dibujada a carmín, para borrarla, pero sólo consigue extenderla. “Pero yo no quiero, no quiero eso…”

“¿El qué, que me aleje de ti?” Ahora soy yo el que empieza a dudar de todo. El entumecimiento de los sentidos desaparece, las compuertas del cerebro que llevaban semanas cerradas, ahora se abren, y entran en torrente ideas dolorosas, testosterona y sales biliares. Me mareo. “Voy a la ventana, me estoy mareando”.

Me asomo al ventanal de mi salón. Fuera reina la oscuridad, las farolas dan más sombras que luces y todo está mojado. Las aceras, el pavimento de la carretera, las hojas de los árboles, la tierra, los cubos de basura. Todo está mojado pero no llueve, parece que acaban de regar el mundo y ahora todo duerme. Sólo agua, sólo sombras. El aire fresco que entra me revitaliza y vuelvo a darle una calada a mi cigarro, esta vez más seguro y confiado.

Luego vuelvo a acordarme de que ella está detrás. Aguanto las ganas de darme la vuelta y mirar qué hace, pero vuelvo a sentir la punzada en el pecho. Qué bien huele el mundo cuando está húmedo, y qué perra es la vida cuando duermes solo. Abajo, camina pausadamente un gato negro, para quedarse detenido frente al cartel de “perros no” al que se le han borrado la “p” y una “r” dando como resultado la peculiar frase “ e ros no”, o traducido desde la mitología griega: “amor no”. El gato parece leer la frase una y otra vez y no entiende. No entiende, ni yo tampoco, como puede ser que el amor no sea regla existencial, universal, que en algunos casos falte y en otros sobre. Cómo no se puede respirar amor, como la humedad de la tierra, cómo no se puede comer, tocar, poseer bajo llave, en una caja fuerte. Porque eros llega, te empapa, como las aceras, como el pavimento de la carretera, como las hojas de los árboles y los cubos de basura, para luego escaparse entre las yemas de los dedos, que quedarán relegadas para siempre a borrar besos de pintalabios de los bordes de copas vacías.

De pronto noto el contacto de su mano en mi cadera. Se pone a mi lado, rodeándome con un brazo la cintura y apoyando su cabeza en mi hombro. La miro. Ha cerrado los ojos y respira profundamente compartiendo conmigo el mismo olor a humedad. Parece más tranquila que antes. Ella también huele a lluvia y a cosméticos de sabores y a vino rosado y a saliva. Huele a sexo. Sin mover la cabeza de mi hombro ni abrir los ojos sus labios se despegan y suavemente, en un susurro, comienzan a complicarme la vida: “Esta noche podemos dormir juntos. Si quieres”.

El gato huye, la calle entera se seca, las copas se rompen y mi cigarro cae al vacío, cinco pisos hasta morir estrellado contra el suelo. Que alguien me tape la boca, que no me dejen responder, que no quiero decir lo que voy a decir. “¿Por qué no? Claro que quiero”.





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28 de junio de 2013

Sonrisa prenatal


El payaso se sentó en el taburete, algo alejado de su lugar de trabajo. Además de usarlo en uno de sus números, le valía para descansar en los cinco minutos que se permitía entre actuación y actuación. Luego se encendió un porro y lentamente soltó el denso humo blanco que ascendió en remolinos hasta desvanecerse. Estaba siendo un día duro.

No era la primera vez que actuaba fumado, es más, cada vez eran menos las actuaciones en las que era plenamente consciente de sus trucos. Pero le gustaba ir colocado. Le gustaba la sensación de abandonar su cuerpo, dejarlo actuando mecánicamente en uno de sus números y, mientras, permitirse el lujo de volar con su mente por cada uno de los rincones de ese parque, comer cerezas bajo el gran sauce llorón, tumbarse al sol a leer a Houellebecq o probar cada uno de los sabores de helados del puestecito marrón que estaba situado al lado del estanque. Porque todo en ese parque, el parque en sí mismo, invitaba a disfrutar de los efectos relajantes y alucinógenos de un cigarrillo aliñado con THC.

Pero, como hemos dicho, los descansos de nuestro payaso eran de sólo cinco minutos, y habían pasado con extrema rapidez. Se levantó apagando el porro y con tranquilidad y eficacia, se estiró los pantalones de rayas multicolores, se colocó la mohosa peluca verde para que no asomase su ralo pelo gris por debajo y se ajustó la goma de la nariz postiza justo por encima de la nuca.

Cuando iba fumado siempre tenía la misma duda. Creía actuar en firme, con elegancia, sin dar un solo paso en falso. Pero había un momento de inflexión, más o menos cuando comenzaba el número de la llave gigante, en el que comenzaba a dudar si los niños se reían de sus gracias o de lo penoso que podía resultar un payaso fumado hinchando globos y saltando a la comba. Decidió, como siempre, no darle demasiada importancia y continuar la actuación.

Su cuerpo allí en el parque, sosteniendo esa enorme llave que tan poco pesa en realidad pero que en el mundo de las fantasías infantiles es casi insostenible, y que el payaso hace enormes esfuerzos por meter en una minúscula cerradura hasta que algún niño (normalmente de los más mayores y menos vergonzosos) advierta que es imposible que quepa tan colosal llave en un agujero tan pequeño y se lo haga saber a nuestro payaso.

Y sin quererlo, los niños están ante la metáfora perfecta del sexo imposible entre el enorme rabo de un negro y la estrecha vagina de una asiática.

Pero aquel día parecía que ninguno de la media docena de niños que disfrutaban de los trucos del payaso, había caído en lo doloroso que podía ser un desgarro vaginal, y seguían creyendo que la cópula era perfectamente posible. Ánimo negro, fuerza un poco y verás cómo la metes.

Alguien señaló por fin que la cerradura era demasiado pequeña. Eso sorprendió al payaso. En los dos años que llevaba haciendo ese número, siempre habían visto la llave demasiado grande. La cerradura tenía el tamaño correcto que se puede esperar de una cerradura común diseñada por un ser humano común, en el mundo común y cotidiano que nos ha tocado vivir.

El asombrado payaso buscó la persona que había hecho tan extraña observación y encontró que no había sido uno de los niños, sino la madre de uno de ellos, cuya mirada no quitaba ojo de la cerradura. El payaso quedó prendado de la sonrisa de aquella mujer, mucho más joven que él. Tenía un no sé qué, una fertilidad virginal marcada a fuego en los labios.

Cuando el payaso, paralizado, había escaneado a la mujer, que ya había cambiado la sonrisa por una mueca de preocupación, primero, y de cierto asco más tarde, descubrió el factor que la hacía tan terriblemente perturbadora y sensual: estaba embarazada.

Los niños empezaban a berrear cuando el payaso se dio cuenta de que tenía una durísima erección en forma de bulto marcada en sus pantalones de rayas.

La situación embarazosa a la que se enfrentaba nuestro mimo parecía no acabar nunca: varios segundos eternizados en la mente drogada de aquel infeliz, que dirigía sin dar crédito la mirada desde la embarazada a su abultada bragueta y de nuevo a la embarazada. Y ella, ahora tan paralizada como él, turbándose por la vergüenza. Pero, también, por la nueva sensación que se está apoderando de ella y que no logra evitar. Y es que en su mente ha empezado a dibujar escenas de un payaso con un enorme miembro que una y otra vez la embiste sobre el mojado césped. Y ahora es ella la que se siente húmeda. Tan húmeda que nota como una gota delatora baja haciéndole cosquillas por su pierna y aparece por debajo de su vestido, a la vista de quien quisiese o quisiera mirar.




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15 de abril de 2013

Escupe y mira


Mira, levanta la mirada y mira. Ahora escupe. Toda esa rabia puede matarte, es el peor veneno. Pero no dejes de mirar, aunque duela, sigue mirando, hasta el final. Si lo necesitas, vuelve a escupir, te ayudará a tranquilizarte. Sientes el estómago contraído, dado la vuelta. No pasa nada, es normal. Sientes los pulmones cerrados, te asfixias. No pasa nada, escupe, respira hondo, y sigue mirando.

- Siempre, siempre es mejor saber la verdad.
- No, a veces es mejor vivir engañado.
- Calla imbécil. Eres un cobarde, ¿crees que la ignorancia te hará feliz? Pues adelante, agacha la cabeza. Cierra los ojos.
- Ahora ya no puedo, ya los he abierto y no puedo dejar de mirar.
- Pues entonces sigue mirando, aunque duela. Escupe y sigue mirando.

Así es la vida, una caja de sorpresas, de chucherías, de anestesias, de orgasmos y decepciones. Así es la vida, mi madre dijo una vez “naciste sólo y morirás sólo, ni siquiera yo puedo cambiar eso”. Fíjate, ni siquiera tu madre, así que escupe.

A mí me pasó algo parecido. Un día me dio por mirarme al espejo y me descubrí diferente, una imagen de mí mismo mucho más nítida, más fiel a la realidad. Por tanto, mucho peor. Y con esa imagen, también cambió la imagen de los de mí alrededor. Todo se derrumbaba. El niño lloraba anhelando leche materna, el anciano tanteaba en la oscuridad de su pasillo para socorrer a su anciana mujer, la amante ya no amaba, el mendigo ya no pedía. ¿Y mientras, yo qué hice? Levanté la mirada y miré. Dolía, joder, claro que dolía, sé lo que es pasar por eso. Pero no dejé de mirar. Podía haber roto el espejo, pero no lo hice. En cambio escupí, y seguí mirando, escuchando el llanto del niño, mirando al anciano casi ciego, perdido. Escupí y no me moví. Siempre es mejor seguir mirando.




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1 de abril de 2013

El Príncipe de Corcho


Asomado a la ventana a las cuatro de la mañana, el tiempo se detiene. Las hojas no caen de los árboles, los autobuses circulan sin prisa, el humo de mi cigarro no asciende sino que se queda levitando delante de mi cara y tengo que ahuyentarlo con la mano. Aquí dentro, en mi casa, el reloj continúa marcando los segundos sin detenerse, y ya son cerca de las cuatro y media. Pero ahí fuera no existe el paso del tiempo.

Debería acostarme, porque sé que llegará mañana, será un día duro y debo estar descansado. Debería acostarme porque debería desconectar del mundo al menos unas horas, soñar con domesticar un flamenco vegetariano y caprichoso que sólo acepte comer higos secos, ser conductor de autobús o yo qué coño sé, volar fuera de estas cuatro paredes al país de los desencantados, y erigirme en su príncipe, un príncipe de corcho. Debería descansar, pero no me sale.

Es placentero y relajante mirar por mi ventana la ciudad dormida, intentar adivinar qué estarán haciendo cada una de las personas de mi ciudad en ese preciso momento. Saborear el silencio. El puto silencio, señores.

Sin darme cuenta, el cigarro se ha consumido. Formaba parte de la realidad autóctona de mi casa, y también a él le ha afectado el tiempo. Me pregunto si a mí también me afecta cada segundo que pasa. Si cada segundo soy algo mejor o algo peor, algo más valiente o algo más miedoso. Tiro el cigarro por la ventana.

Dando vueltas, lenta, muy lentamente cae al suelo. En su descenso deja un rastro de chispas fugaces y humo blanco. Cuando cae sigue encendido y poco a poco el fuego va remitiendo. Intento seguir viendo la llama, una pequeña mancha rojiza ahora en la acera, ahora un minúsculo punto. Aguanta cigarro, aguanta, aguanta encendido, sé que lo harás, sé que puedes. Ahí fuera no pasa el tiempo, no tienes por qué apagarte.

A los diez minutos de mirar fijamente los restos de lo que una vez sostuve entre los labios, me doy cuenta de que hace tiempo que se ha apagado. Sólo mi obstinación hacía que viese un cigarro encendido. Sólo había fuego en mi cerebro.

Son las cinco de la mañana. El mundo vuelve a latir, los pájaros comienzan a entonar canciones ancestrales, reminiscencias de la luz diurna de ayer comienzan a ser las del hoy. Me voy a la cama.



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28 de marzo de 2013

Roídas patas de jamón


Esta noche he sobrevolado la ciudad, por encima de vuestras cabezas y os he visto tal y como sois. Me he colado en vuestras casas, en vuestras camas y en vuestros sueños. Os he contemplado desde el televisor que mirabais y escuchado desde el otro lado del teléfono. Me he sentado a vuestro lado, observándoos comer, oliéndoos el pelo, respirando en vuestra nuca. Y vosotros habéis permanecido impasibles, no os habéis enterado de nada.

He visto y aprendido más del ser humano de lo que nunca hubiese imaginado. He olido los pies descalzos y sudorosos de la más bonita de mi barrio y daban asco. He visto al hombre más temible enterrar la cabeza en la almohada y llenarla de mocos y lágrimas. He visto hacer el amor a una pareja gris, en un colchón inmenso y gris, abrazado por sábanas grises. Y no he visto ni rastro de amor en su acto obsceno y deshumanizado.

También vi el ridículo espectáculo de la mujer que se resistía a crecer y seguía soñando con ser una princesa. Al hombre derrotado que desde hacía años suspiraba por no haber tenido el valor para escapar de una vida que odiaba y que de forma monótona se consumía. Vi niños preparados para ser siervos, jóvenes desideologizados, adultos banales y aburridos. Patas de jamón roídas hasta los huesos que se resistían a servir de condimento para el caldo, el anillo en el dedo del cornudo, las duchas de agua fría de los pobres de dinero, los baños balsámicos de los pobres de amor.

Pero entre tanta grotesca mediocridad y tanto papel de tan malos actores, he visto destellos esperanzadores de una fuerza que nunca hubiese imaginado. He visto a una mujer luchar contra el odio que intentaba adueñarse una y otra vez de su corazón, he visto a inconformistas hurgando en sus propias heridas intentando comprenderlas aunque así se desangraran, he visto gente que piensa y ama. Sí, gente que piensa. Y gente que ama.






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22 de marzo de 2013

Calcetines de colores


- ¿Estaría mal que te dijese que me estoy enamorando de ti?
- Pues… mal no lo sé, pero teniendo en cuenta que es la primera vez que hablamos en tres años, por lo menos sería muy extraño.
- Pero nos hemos visto todos los días…
- Pero no hemos hablado nunca.
- Yo soy muy así, de llegar y enamorarme de una sonrisa, de una caída de párpados…
- ¿De una sonrisa y de una caída de párpados? Joder, ¿eres un  loco peligroso que toma algún tipo de medicación y hoy se te ha olvidado en el bolsillo de otra chaqueta?
- También.
- Me estabas asustando…
- Me estoy enamorando de ti.
-
- ¿Y bien? ¿Ha estado muy mal decírtelo?
- Mal no ha estado, pero como te había dicho, ha resultado muy extraño.
- ¿Y ya?
- Bueno, quizás algo emocionante también ha sido.
- ¿Emocionante?
- Un poco. No he llegado al orgasmo, pero ha estado cerca.
- ¿También tú te estás enamorando?
- ¿Yo? ¿enamorarme? No, qué va… estás un poco pirado ¿no?
- Un poco.
- ¿Y cómo te empezaste a enamorar de mí? No me lo digas, ¿una sonrisa? ¿el fugaz instante de un parpadeo?
- Dicho así parece que te estés burlando de mí…
- No… perdona, no quería parecer grosera. Sólo que me había hecho gracia.
- Me empecé a enamorar de ti viéndote asomada a la ventana, descalza, con unos calcetines de colores.
- Me estás asustando… ¿Cómo sabes que tengo unos calcetines de colores? ¿cuándo me has visto asomada a una ventana? ¿me espías?
- No, no… qué va. Lo vi todo en una foto. Y ahí me empecé a enamorar de ti.
- ¿Una foto? ¿te enamoraste de mí por una foto?
- Nunca he hablado contigo, ¿qué más te da que me haya enamorado de una foto tuya o de verte pasar por delante de mí sin decirme nada?
- Tienes razón… pero no te he dicho nunca nada porque no nos conocíamos. ¿Qué querías que te dijese? ¿”hola soy tu compañera y tengo unos calcetines de colores con los que podría enamorarte”?
- No habría estado mal esa presentación. Me habrías ganado desde el principio.
- No iba a acercarme a decirte nada. No podía ni imaginarme que te habías fijado en mí.
- Pues lo había hecho.
- Que pudiese haber algo entre tú y yo es imposible, lo mejor será que lo olvides.
- Lo sé, y eso haré. Tengo que irme, se me hace tarde.
- ¡Oye, espera! ¿Crees que puedes decirme que lo olvidarás, comportarte como si no hubiese pasado nada, darte media vuelta y largarte dejándome así?
- Sí, lo creo. Es más, mi actitud es totalmente premeditada.
- ¡Ah, ya entiendo! Es todo una estrategia pensando en que cuando te vayas me dejarás hecha un lío y no te podré sacar de la cabeza.
- Más o menos.
- ¡¡Pues no puedes hacer eso, capullo!! ¡¡No puedes venir con tu mirada tan dulce de perrito abandonado, decirme que te estás enamorando de mí, hablarme de, de, de una forma tan, tan cariñosa e inteligente y abandonarme al instante siguiente!! ¡¡Eso no se le hace a una dama!!
- ¿Te gusta el rollo machista del caballero y la damisela?
- ¡¡No!! Pero el protocolo es el protocolo, y deberías respetarlo.
- No, ahora en serio. Mi intención al irme no era dejarte hecha un lío, sino justo lo contrario. He visto que se te habían dilatado mucho las pupilas y me he dado cuenta de pronto que tú también te estabas enamorando de mí, y como no deberíamos jugar con fuego, he decidido salir corriendo…
- ¿Enamorarme de ti? ¿Pero qué te has creído? Estás para que te encierren por...
- Me voy. Eres una chica fantástica.
- ¡Eh vuelve! ¡¿Serás capullo? ¡Vuelve aquí! ¡Jodido pirado cobarde! ¡La dilatación de las pupilas no significa amor, es un síntoma de deseo sexual!
-
- ¡Mierda! ¿Y eso lo he dicho en voz alta?





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9 de julio de 2012

Entrevistas en profundidad: Hoy, Mickey Mouse



Pregunta - Siempre has dicho que Walter Disney ha sido lo más parecido que has tenido a un padre, pero ¿quién fue tu verdadero padre?
Respuesta - ¿Tú qué crees? Una jodida rata de cloaca.

P - ¿El ratoncito Pérez quizás? se ha oído en muchos sitios esa historia.

R - ¿El puto ratoncito Pérez? no jodas... no todos los chinos son parientes de Bruce Lee ni todos los elefantes son hijos de Dumbo... pero eso a los blancos occidentales os la suda. No, a mi padre no lo conocían ni en su casa. Quizás en el bar si lo conociesen... quizás. Siempre volvía a casa apestando a vino.

P - ¿Cómo empezó tu pesadilla con las drogas?
R - Desde bien pequeño (mira por la ventana, recordando). Cuando estaba en Chicago y todavía no conocía siquiera Hollywood, empecé a fumar cigarrillos. Además, siempre que la ley seca nos lo permitía, bebíamos a escondidas, normalmente vino y orujo. Los chicos pobres no conocíamos otro entretenimiento. Eran borracheras inofensivas, después de largas jornadas de curro. Pero todo se me fue de las manos cuando llegué a Los Ángeles. Joder, en aquel entonces empecé a ganar mucha, muchísima pasta. Cantidades enormes de dinero que no sabía en que gastar. Al final te acabas convenciendo de probar toda esa mierda.

P - ¿Y qué es "toda esa mierda"?
R - Cocaína, opio, marihuana, crack... lo único que no probé nunca fue la heroína. No hay heroína en Los Ángeles. ¿Pero me vas a hacer las mismas jodidas preguntas de siempre?

P - Lo siento Mickey, no tocaremos más el tema, entiendo que estés cansado de hablar de ello.
R - Muy cansado, creeme.

P - ¿Conservas algún amigo de tu primera etapa en el cine?
R - (Suspira largamente, y los ojos le brillan de melancolía. Ya no es ese actor atormentado y rebelde que le gritaba a los periodistas que le molestaban. Sólo queda un viejo ratón abatido, al que le cuesta mantener la postura en el sillón mucho rato). No... desde que Minnie me dejó dejamos de vernos todo el grupo. De vez en cuando por nuestros cumpleaños, Donald y yo hablamos un rato por teléfono. Pero de los demás hace tiempo que no sé nada.

P - Tu divorcio de Minnie llenó las portadas de medio mundo. Se habló de infidelidades, del fin del cine infantil... y al final, todo quedó en nada, seguisteis vuestra vida cada uno por su lado... ¿qué recuerdas de aquella época?
R - A los periodistas os encanta inventaros historietas más falsas que mis películas. Minnie me dejó por mi adicción a las drogas. Fue muy de frente y se lo agradezco, lo dejó claro en los medios, y en nuestro grupo de amistades. Sus líos amorosos con Tom y Jerry fueron muy posteriores.

P - ¿Les guardas rencor?
R - ¿A quién? ¿A Tom y a Jerry? No coño, son dos chavales de lo más majos. Es más, en sus principios en Hollywood yo actué como su padrino, solo que más tarde se irían a la competencia porque en aquel momento Disney estaba saturado de estrellas.

P - Hablando de la competencia, ¿Es verdad que tuvo una oferta de Warner para trabajar para ellos en los años 60?
R - Sí, es verdad. (Se toca los botones blancos de su inseparable mono rojo un poco nervioso). Y la oferta era muy generosa. Además mi relación con Bugs Bunny siempre ha sido inmejorable, y me aseguraron que no me cruzaría ni una sola vez con el insoportable pajarito de los huevos...

P - Piolín
R - Eso es, Piolín. Pero al final decidí que no podía abandonar a Walter Disney. Gracias a él había llegado donde estaba, y hubiese ido contra mis principios dejarle tirado. Y eso que Goofy me insistió en que me fuese. Creo que él quería más protagonismo...

P - Además de su enemistad con Piolín, siempre serán recordadas sus disputas en los rodajes con Daisy, la antigua novia de Donald. ¿Nunca lo arreglaron?
R - No. Daisy estaba empeñada en que yo era una mala influencia para Donald, y yo le decía que Daisy le tenía cogido por los huevos. Donald lo sabía, pero también la quería ciegamente, así que no tuvimos más remedio que seguir peleándonos hasta que ella murió. Creo que en ese momento hice las paces con ella... (una lágrima se escapa sin querer de los ojos de Mickey que se quita las gafas y se frota los ojos. Luego se las vuelve a poner y recobra la compostura). Nunca la odié, es más, la apreciaba mucho, pero no me dí cuenta hasta que no le echaron tierra por encima del ataúd.

P - Bueno Mickey, muchas gracias por la entrevista que nos has concedido. Sólo para finalizar, me gustaría que aclararas el misterio de tus guantes, si es posible. ¿Por qué nunca te los has quitado?.
R - ¿Que por qué? Quizás porque tengo unas manos horribles de cuando trabajaba en la obra... o porque me recuerdan a las de mi padre. No sé, si te digo la verdad ya no me acuerdo de porqué no me los quito, y me da miedo hacerlo por lo que pueda pasar.


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21 de junio de 2012

Nerea espera en vano


Un hombre recorre el camino empedrado que cruza el jardín. Sus pasos rompen el silencio con el sonido seco de los ataúdes. Camina con la lentitud de aquel que no quiere llegar a donde se dirige. La cazadora le queda demasiado corto, e intenta bajárselo hasta la cintura. El cielo comienza a oscurecer, engullendo los colores. Llega a la puerta de la vivienda y aprieta dos veces el timbre. Luego espera. Se coloca el pelo que le cae por la frente y respira profundamente, relajándose. La espera es interminable y mientras se seca el sudor de las manos en los pantalones vaqueros, piensa en qué dirá cuando le abran la puerta.

Los ojos de la mujer hace tiempo que están cerrados. No duerme, simplemente descansa en el sofá después de un día agotador. El sofá no es muy cómodo, ni siquiera es lo suficientemente grande como para tumbarse en él estirada. De la mano de la mujer resbala una revista que cae al suelo, esparciendo imágenes de mujeres desnudas. La respiración de la mujer cada vez se hace más sosegada. A ella no le importa quedarse otra vez dormida en el irritante sofá. Ese sofá huele a Nerea. Para ella no puede existir otro sofá más cómodo en el mundo.

El chico de los periódicos conoce a la mujer desde hace años. Ella siempre ha sido muy cordial con él y varias veces le ha invitado a tomar un café en su cocina. Es una mujer madura pero muy sensual y el chico se siente inevitablemente atraído por ella. Ha imaginado miles de veces que un día le invitaría a un café y, una vez en la cocina, harían el amor en posturas imposibles. Se ha imaginado un millón de veces mordiendo sus pálidos muslos. Está amaneciendo, los pájaros silban cualquiera de esas canciones que sólo ellos se saben. El chico no ve a la mujer en el jardín como todas las mañanas y se extraña, así que decide entrar a su casa para darle el periódico en mano, con la vana esperanza de encontrarla desnuda.

Nerea vive a cuatrocientos kilómetros de su amante. Nerea está casada, en el altar, frente a Dios y a la burocracia nacional. Ella cuenta los días, las horas y los minutos que quedan para que llegue el fin de semana y huir de su marido y sus hijos. Huir, para encontrarse con su amiga, en aquel salón, en aquel sofá, a ver películas de samuráis, reírse, comer fritos, y descubrir una vez más el amor. Hasta que pasen las siguientes horas leerá cualquier libro únicamente para entretenerse, ya que su marido está de servicio fuera de la ciudad y esa noche no discutirá con él.

El comisario no es hombre de muchas palabras. Atusa su bigote con parsimonia, un gesto que realiza mecánicamente cada vez que no encuentra interesante lo que está escuchando. Esta vez el que le está haciendo perder el tiempo es uno de los testigos, concretamente el chico de los periódicos. La mujer yace en un charco de sangre negra, en la entrada de la casa. Hay un gran revuelo al otro lado del jardín, en la calle. El comisario deja con la palabra en la boca al joven y cierra la puerta a su espalda quedándose sólo con el resto de policías en el pequeño recibidor. Luego se agacha al lado de la mujer y le toca el pelo con extrema delicadeza. Murmura una sola palabra para sí mismo: “salvajes”.  Luego se dirige hacia la cocina para hacerse un café mientras estira su cazadora, demasiado pequeña para su prominente barriga.



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5 de junio de 2012

Apología del Infantilismo


Lo siento, pero nunca lograré entender lo que la gente califica de serio y sensato. Me tacharán de niño, inocente, inmaduro e idealista. Bien, adelante, lo acepto, y pido disculpas de antemano. Debería entonces empezar advirtiendo que esto es apología del infantilismo.

Cómprate un coche en rojo mate, con llantas de aluminio, cambio automático, Antilock Brake System, ambientador con olor floral o de bosque de encinas y te conviertes en un tío importante, con tema del que hablar para rato. Habla de las leyes físicas que rigen el comportamiento de los metales a más de 2000 grados (ojo, grados kelvin), habla de finanzas, de economía a escala global, del mercado bursátil... y automáticamente te convertirás en un referente, alguien al que merece la pena escuchar y seguir. Acompáñalo con un traje de seiscientos euros, una corbata Jacquard, un reloj de oro, unos zapatos de cuero y un peinado a lo Andy García y las madres te señalarán con el dedo y le dirán a sus hijas: "ese hombre es una persona seria, ha conseguido en la vida lo que quería, nadie le ha regalado nada".

Sé capaz de renunciar a tus sueños por una estabilidad laboral, sé capaz de renunciar a tus deseos por una estabilidad emocional. Cercena tus sentidos, evita que el olor de los gases flatulentos de tu jefe te desagraden. Cambia la comida sabrosa por la comida sana, la morcilla y el bacon por tortas de arroz insípidas y leche sin lactosa, sin ácidos grasos, sin colesterol, sin leche. Coca Cola mejor que Pepsi, que a su vez engorda menos que la Fanta, la cual aporta más vitaminas que el yogur griego inocuo de los martes después de la pera, y con o sin bífidus, toma Kellogs que deberán ser más sanos que las pastas del té.

¿Y tú cerebro? ¿Está sano?

Moldea tu cuerpo, levanta pesas de diez, veinte kilos. Aumenta el volumen de tus bíceps, tríceps, cuádriceps, deltoides, trapecios... Nos tienen engañados, en los gimnasios, además de esculpir trozos de carne, se aprende anatomía. Levanta pesas de treinta, cuarenta. Que se vean todos los abdominales, y el resto te los inventas. Que las mujeres suspiren cuando te vean. Que los demás hombres te envidien. Levanta pesas de cincuenta, sesenta, setenta... ¿Cuánto vales? El peso que levantas, ni más ni menos. Empiezas a parecer una albóndiga venosa. Y además está la cara... espejo del alma por otro lado, difícil de cambiar con pesas. Difícil presumir de ella.

No, tú aceptas que la televisión basura es basura, y casi no la ves, sólo cuando no tienes otra cosa que hacer, que te entretiene un rato. Valiente argumento. No tener nada que hacer significa el avenimiento del apocalipsis. No tener nada que hacer significa que la naturaleza ha muerto y es inútil saborearla paseando. No tener nada que hacer es que no queda un libro interesante en el mundo, que no existe una crisis injusta que desenmascarar o un niño en algún rincón muriéndose de hambre al que atender. No tener nada que hacer significa que aunque te entierren a los ochenta, tú ya llevabas cincuenta años muerto.


*          *          *

Me declaro culpable de todos los delitos que se me imputan. Admito que me suda los pies si la prima de riesgo sube o baja. Admito ser un pecador porque no poseo acciones empresariales ni sé cómo conseguirlas. Concedo que me tachen de desfasado porque no me interesa el Twitter ni el Whatsapp. Hago lo posible por no enterarme de cuando es Eurovisión. Entro con más silencio en los bosques que en las iglesias. Descanso el miembro en las pasarelas de moda, colgando los testículos cual bufandas del cuello de Yves saint Laurent y de Coco Chanel. Vomito nada más encender la tele. Si encima hay telebasura vomito encima del vómito para estar a la altura.


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23 de febrero de 2012

Arroz de salero


Soy un adicto del café corto con poca azúcar y de los labios de mujer concupiscentes. Sobrevivo a la vorágine urbanita dando pasos cortos, mirando alto. Nunca piso las líneas blancas de los pasos de cebra. Odio pisar las migas de pan y me deleito pisando las hueveras de cartón.

Odio el arroz de los saleros, y me gusta lamer la sal del mar pegada a mi piel. Me da miedo morir solo, y solo morir y no dejar la huella de la existencia en la mente de alguien. Odio el olor de los hospitales y adoro su silencio. Vivo con el ansia del que se sabe muerto.


Intento expandir mis conocimientos a cero. Luego volveré a aprender, sólo cosas importantes. No me sé mi número de teléfono y me gustaría no saberme ni mi número de identidad. Me identifico con el payaso de Böll, nunca aprenderé a aprender a volar, pues no hay nadie que me enseñe.

Odio que la gente susurre, pero me encanta susurrar. Me gustaría poder acallar la voz de mi cabeza, y durante unos instantes no pensar en nada. Vagar por la cuneta de mi mente "buscando la madurez, para poder volver a jugar con la seriedad de cuando era un niño".


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14 de mayo de 2011

Cortauñas


Me hubiera gustado ver la cara de esos capullos cuando llegaron a su casa. Sobre todo cuando vieron su óleo de Manet flotando en la piscina, eso sí hubiese estado realmente bien. Todo su orgullo, su dinero, su prepotencia, su mezquindad, deshaciéndose con el cloro de la piscina… No es que no me importe que una obra así se pierda ¿eh? Yo estudié dos años de bellas artes, admiro a Monet, Manet y todos esos gabachos impresionistas. Lo que me jode es la clase de personas que encuentran su felicidad en su presunción cultural. Me fijé que tenían estanterías enteras llenas de libros, epopeyas griegas, Dickens, Tolstoi, Tagore, Shakespeare… ¡Todos nuevos! No los habían abierto en su vida, pero allí los tenían. Odio a esa clase de pijos que podrían llenar bibliotecas enteras con los libros de su casa y los usan como adorno, rebajándolos al nivel del florero o de la folclórica flamenca encima del televisor ¿entiendes? Esos tipos sólo leen la contraportada de los libros para poder comentar con sus amigos las grandes obras de la literatura y sentirse tan cultos como se les supone, superiores a los "pobres diablos" que gritan y discuten de fútbol en los bares. Pero, de verdad, yo prefiero al pobre diablo de turno comentando fútbol que a uno de esos ególatras con su discurso vacío de ignorancia perversa.

Así que los quemé. Si, hice una hoguera en su jardín cojonuda: conté más de 500 libros, imagínate como fue la cosa que tuve que echar dos bidones de gasolina. No hay nada que arda mejor que los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós…


Dicen que estoy loco. El psiquiatra me dijo que tenía algo así como neurosis egoísta, narcisística… no sé, que iría a peor, que quizás no me encerraran por eso. Pero no estoy loco ¿sabe? Al menos no más que todos ustedes, con sus trajes de felpa, sus corbatas de hombre serio, su pelo engominado, sus títulos, sus credenciales ¿no creen que están también locos? Estudian y trabajan durante todo el día para comprar lo que les han convencido que necesitan: lámparas de IKEA, frigoríficos con dispensadores de cubitos de hielo, operaciones estéticas, coches de maletero espacioso… ¿por qué siguen aguantando a sus maridos o esposas si hace años que les odian? ¿Por qué esconden ese instinto animal que les pide salir a la calle, correr, aullar, empaparse con la lluvia, arrastrarse y rodar por la hierba, todo bien oculto tras una careta de cordura? No estoy loco, no más que ustedes, no más que ustedes…

Magistrado. ¡Magistrado! Tengo que ir al baño, necesito cortarme las uñas, llevo toda la mañana aguantando sin cortármelas, necesito ir al baño, no puedo más… No lo hago por la neurosis ¿eh?, es que me crecen muy rápido, me pasa desde pequeño. Mi madre me puso en el llavero un cortaúñas para llevarlo siempre conmigo.


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