"No seas como tantos escritores, no seas como tantos miles de personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso, no te consumas en tu amor propio."

Charles Bukowski



1 de abril de 2013

El Príncipe de Corcho


Asomado a la ventana a las cuatro de la mañana, el tiempo se detiene. Las hojas no caen de los árboles, los autobuses circulan sin prisa, el humo de mi cigarro no asciende sino que se queda levitando delante de mi cara y tengo que ahuyentarlo con la mano. Aquí dentro, en mi casa, el reloj continúa marcando los segundos sin detenerse, y ya son cerca de las cuatro y media. Pero ahí fuera no existe el paso del tiempo.

Debería acostarme, porque sé que llegará mañana, será un día duro y debo estar descansado. Debería acostarme porque debería desconectar del mundo al menos unas horas, soñar con domesticar un flamenco vegetariano y caprichoso que sólo acepte comer higos secos, ser conductor de autobús o yo qué coño sé, volar fuera de estas cuatro paredes al país de los desencantados, y erigirme en su príncipe, un príncipe de corcho. Debería descansar, pero no me sale.

Es placentero y relajante mirar por mi ventana la ciudad dormida, intentar adivinar qué estarán haciendo cada una de las personas de mi ciudad en ese preciso momento. Saborear el silencio. El puto silencio, señores.

Sin darme cuenta, el cigarro se ha consumido. Formaba parte de la realidad autóctona de mi casa, y también a él le ha afectado el tiempo. Me pregunto si a mí también me afecta cada segundo que pasa. Si cada segundo soy algo mejor o algo peor, algo más valiente o algo más miedoso. Tiro el cigarro por la ventana.

Dando vueltas, lenta, muy lentamente cae al suelo. En su descenso deja un rastro de chispas fugaces y humo blanco. Cuando cae sigue encendido y poco a poco el fuego va remitiendo. Intento seguir viendo la llama, una pequeña mancha rojiza ahora en la acera, ahora un minúsculo punto. Aguanta cigarro, aguanta, aguanta encendido, sé que lo harás, sé que puedes. Ahí fuera no pasa el tiempo, no tienes por qué apagarte.

A los diez minutos de mirar fijamente los restos de lo que una vez sostuve entre los labios, me doy cuenta de que hace tiempo que se ha apagado. Sólo mi obstinación hacía que viese un cigarro encendido. Sólo había fuego en mi cerebro.

Son las cinco de la mañana. El mundo vuelve a latir, los pájaros comienzan a entonar canciones ancestrales, reminiscencias de la luz diurna de ayer comienzan a ser las del hoy. Me voy a la cama.



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