"No seas como tantos escritores, no seas como tantos miles de personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso, no te consumas en tu amor propio."

Charles Bukowski



28 de junio de 2013

Sonrisa prenatal


El payaso se sentó en el taburete, algo alejado de su lugar de trabajo. Además de usarlo en uno de sus números, le valía para descansar en los cinco minutos que se permitía entre actuación y actuación. Luego se encendió un porro y lentamente soltó el denso humo blanco que ascendió en remolinos hasta desvanecerse. Estaba siendo un día duro.

No era la primera vez que actuaba fumado, es más, cada vez eran menos las actuaciones en las que era plenamente consciente de sus trucos. Pero le gustaba ir colocado. Le gustaba la sensación de abandonar su cuerpo, dejarlo actuando mecánicamente en uno de sus números y, mientras, permitirse el lujo de volar con su mente por cada uno de los rincones de ese parque, comer cerezas bajo el gran sauce llorón, tumbarse al sol a leer a Houellebecq o probar cada uno de los sabores de helados del puestecito marrón que estaba situado al lado del estanque. Porque todo en ese parque, el parque en sí mismo, invitaba a disfrutar de los efectos relajantes y alucinógenos de un cigarrillo aliñado con THC.

Pero, como hemos dicho, los descansos de nuestro payaso eran de sólo cinco minutos, y habían pasado con extrema rapidez. Se levantó apagando el porro y con tranquilidad y eficacia, se estiró los pantalones de rayas multicolores, se colocó la mohosa peluca verde para que no asomase su ralo pelo gris por debajo y se ajustó la goma de la nariz postiza justo por encima de la nuca.

Cuando iba fumado siempre tenía la misma duda. Creía actuar en firme, con elegancia, sin dar un solo paso en falso. Pero había un momento de inflexión, más o menos cuando comenzaba el número de la llave gigante, en el que comenzaba a dudar si los niños se reían de sus gracias o de lo penoso que podía resultar un payaso fumado hinchando globos y saltando a la comba. Decidió, como siempre, no darle demasiada importancia y continuar la actuación.

Su cuerpo allí en el parque, sosteniendo esa enorme llave que tan poco pesa en realidad pero que en el mundo de las fantasías infantiles es casi insostenible, y que el payaso hace enormes esfuerzos por meter en una minúscula cerradura hasta que algún niño (normalmente de los más mayores y menos vergonzosos) advierta que es imposible que quepa tan colosal llave en un agujero tan pequeño y se lo haga saber a nuestro payaso.

Y sin quererlo, los niños están ante la metáfora perfecta del sexo imposible entre el enorme rabo de un negro y la estrecha vagina de una asiática.

Pero aquel día parecía que ninguno de la media docena de niños que disfrutaban de los trucos del payaso, había caído en lo doloroso que podía ser un desgarro vaginal, y seguían creyendo que la cópula era perfectamente posible. Ánimo negro, fuerza un poco y verás cómo la metes.

Alguien señaló por fin que la cerradura era demasiado pequeña. Eso sorprendió al payaso. En los dos años que llevaba haciendo ese número, siempre habían visto la llave demasiado grande. La cerradura tenía el tamaño correcto que se puede esperar de una cerradura común diseñada por un ser humano común, en el mundo común y cotidiano que nos ha tocado vivir.

El asombrado payaso buscó la persona que había hecho tan extraña observación y encontró que no había sido uno de los niños, sino la madre de uno de ellos, cuya mirada no quitaba ojo de la cerradura. El payaso quedó prendado de la sonrisa de aquella mujer, mucho más joven que él. Tenía un no sé qué, una fertilidad virginal marcada a fuego en los labios.

Cuando el payaso, paralizado, había escaneado a la mujer, que ya había cambiado la sonrisa por una mueca de preocupación, primero, y de cierto asco más tarde, descubrió el factor que la hacía tan terriblemente perturbadora y sensual: estaba embarazada.

Los niños empezaban a berrear cuando el payaso se dio cuenta de que tenía una durísima erección en forma de bulto marcada en sus pantalones de rayas.

La situación embarazosa a la que se enfrentaba nuestro mimo parecía no acabar nunca: varios segundos eternizados en la mente drogada de aquel infeliz, que dirigía sin dar crédito la mirada desde la embarazada a su abultada bragueta y de nuevo a la embarazada. Y ella, ahora tan paralizada como él, turbándose por la vergüenza. Pero, también, por la nueva sensación que se está apoderando de ella y que no logra evitar. Y es que en su mente ha empezado a dibujar escenas de un payaso con un enorme miembro que una y otra vez la embiste sobre el mojado césped. Y ahora es ella la que se siente húmeda. Tan húmeda que nota como una gota delatora baja haciéndole cosquillas por su pierna y aparece por debajo de su vestido, a la vista de quien quisiese o quisiera mirar.




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