"No seas como tantos escritores, no seas como tantos miles de personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso, no te consumas en tu amor propio."

Charles Bukowski



22 de agosto de 2013

EROS NO


“No sé qué es lo que me pasa” me dice ella, sentada en el suelo, sin dejar de mirar al frente. Y al frente no hay nada, tan sólo una televisión apagada. “No lo sé”. Luego se queda callada. Su mirada se pierde entre los oscuros reflejos de la pantalla, ausente y a la vez más cerca de mí de lo que había estado nunca.

Le cojo un cigarro de su paquete y le ofrezco, pero ella no parece darse cuenta. Mientras lo enciendo veo formarse lágrimas en sus ojos que enseguida enjuaga con el dorso de la mano. Luego respira hondo y parece volver en sí. Se da la vuelta hacia mí y sonríe, con la sonrisa más bonita y falsa de la que es capaz. “No me pasa nada, es sólo que estoy cansada y he bebido demasiado”. Pero sí que le pasa, claro que le pasa.

“Mira, no tienes de qué preocuparte, creo que debemos evitar situaciones como ésta”, le digo, “no volveremos a quedarnos solos, estaremos siempre rodeados de gente”.

“Pero…” se queda callada, sin fuerzas para decir lo que quiere decir. Acaricia con la yema del dedo el borde de la copa de vino haciendo círculos, y yo quiero ser cristal, copa, cáliz vidriado. Con el pulgar frota un momento ahí donde ha quedado la huella de sus labios dibujada a carmín, para borrarla, pero sólo consigue extenderla. “Pero yo no quiero, no quiero eso…”

“¿El qué, que me aleje de ti?” Ahora soy yo el que empieza a dudar de todo. El entumecimiento de los sentidos desaparece, las compuertas del cerebro que llevaban semanas cerradas, ahora se abren, y entran en torrente ideas dolorosas, testosterona y sales biliares. Me mareo. “Voy a la ventana, me estoy mareando”.

Me asomo al ventanal de mi salón. Fuera reina la oscuridad, las farolas dan más sombras que luces y todo está mojado. Las aceras, el pavimento de la carretera, las hojas de los árboles, la tierra, los cubos de basura. Todo está mojado pero no llueve, parece que acaban de regar el mundo y ahora todo duerme. Sólo agua, sólo sombras. El aire fresco que entra me revitaliza y vuelvo a darle una calada a mi cigarro, esta vez más seguro y confiado.

Luego vuelvo a acordarme de que ella está detrás. Aguanto las ganas de darme la vuelta y mirar qué hace, pero vuelvo a sentir la punzada en el pecho. Qué bien huele el mundo cuando está húmedo, y qué perra es la vida cuando duermes solo. Abajo, camina pausadamente un gato negro, para quedarse detenido frente al cartel de “perros no” al que se le han borrado la “p” y una “r” dando como resultado la peculiar frase “ e ros no”, o traducido desde la mitología griega: “amor no”. El gato parece leer la frase una y otra vez y no entiende. No entiende, ni yo tampoco, como puede ser que el amor no sea regla existencial, universal, que en algunos casos falte y en otros sobre. Cómo no se puede respirar amor, como la humedad de la tierra, cómo no se puede comer, tocar, poseer bajo llave, en una caja fuerte. Porque eros llega, te empapa, como las aceras, como el pavimento de la carretera, como las hojas de los árboles y los cubos de basura, para luego escaparse entre las yemas de los dedos, que quedarán relegadas para siempre a borrar besos de pintalabios de los bordes de copas vacías.

De pronto noto el contacto de su mano en mi cadera. Se pone a mi lado, rodeándome con un brazo la cintura y apoyando su cabeza en mi hombro. La miro. Ha cerrado los ojos y respira profundamente compartiendo conmigo el mismo olor a humedad. Parece más tranquila que antes. Ella también huele a lluvia y a cosméticos de sabores y a vino rosado y a saliva. Huele a sexo. Sin mover la cabeza de mi hombro ni abrir los ojos sus labios se despegan y suavemente, en un susurro, comienzan a complicarme la vida: “Esta noche podemos dormir juntos. Si quieres”.

El gato huye, la calle entera se seca, las copas se rompen y mi cigarro cae al vacío, cinco pisos hasta morir estrellado contra el suelo. Que alguien me tape la boca, que no me dejen responder, que no quiero decir lo que voy a decir. “¿Por qué no? Claro que quiero”.





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