"No seas como tantos escritores, no seas como tantos miles de personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso, no te consumas en tu amor propio."

Charles Bukowski



21 de octubre de 2013

El camino de baldosas amarillas


¿Ves a esa chica de allí, del rincón? Justo allí, apoyada en la barra. ¿No te parece preciosa con esa pose tan dulce y nostálgica, cantando en bajito la canción que estamos escuchando? Tiene una mirada brillante, inteligente. Puede que esté a la altura de lo que aparenta. También existe la posibilidad de que no sea así, pero aparentarlo ya es mucho, hoy por hoy cualquiera aparenta ser un imbécil incluido el que no lo es. Sí, ella tiene algo, tiene clase, tiene una especie de romanticismo que se desata bajo la piel. Es el tipo de chica con la que pasarías horas hablando bajo las sábanas hasta parar las moscas en pleno vuelo. ¿Por qué no te acercas y hablas con ella? Venga, no seas tímido, la muerte te pisa los talones, no tienes ni un minuto que perder. Será fácil, algo limpio, puro. Puedes acercarte y rozarle el cuello casi sin querer. Cuando te mire, aguántale la mirada con cara preocupada y dile bajito en el oído que tenía algo en el cuello y que sólo querías quitárselo. Ha sido un impulso. Que perdone tu indiscreción. Vista desde cerca es preciosa, sin duda. Qué importante es el aspecto físico, que maldita mentira que lo que importa no está en el exterior. El interior importa, es interesante, entretenido e incluso a veces resulta placentero. Pero el exterior es belleza, es arte, inspiración, es sensorialmente pleno y vital. Es pura magia, inexplicable, brutal. La belleza exterior es Dios. Hay una terrible injusticia en la especie humana contra la cual no podemos luchar: la penosa distribución de la belleza. Pero la chica de la barra forma parte de las ganadoras. Venga háblale, no te cortes. Cuéntale las cosas más interesantes que te han pasado, y si no, cuéntale las más banales y añade cohetes artificiales, explosiones de humo, música, color, conejos y chisteras. Qué más da, esto es un juego, es animal, necesitas reproducirte como ser vivo que eres, es innato en ti. Todas tus mentiras están perdonadas de antemano. Ésta va a ser una gran noche, tú lo sabes y debes hacérselo ver. Baila con ella. Moveos como peonzas sobre la pista hasta que los demás se diluyan en sus pensamientos como personajes secundarios. Emborrachaos hasta perder la vergüenza, los recelos, los sentimientos de culpabilidad e incluso ese anillo en los lavabos de alguna discoteca. Reíos como hienas hasta quedar exhaustos, tendidos sobre la arena de la playa, inmortales.

Cuando consigas besarla en la parada de algún autobús nocturno y sientas su lengua enroscarse en la tuya, erizarse los pelos de sus brazos y un ardor a la altura de tu nuca, entonces no pienses. Deja que piense la lengua, que piensen las manos, los lóbulos de tus orejas, el lunar de su cuello. Es el momento, el mundo fue diseñado para ese momento. Sólo entonces la vida cobra sentido, el universo contempla satisfecho que tantos millones de años de crear y destruir han dado sus frutos, que el objetivo último y absoluto por fin se cumple. Una vida entera de una persona cobra valor con un solo instante de esos. Lo demás es solamente el camino de baldosas amarillas.




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