"No seas como tantos escritores, no seas como tantos miles de personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso, no te consumas en tu amor propio."

Charles Bukowski



9 de noviembre de 2013

Jornada espíritu-destructiva recordada en uno de esos días borrasco-nostálgicos


Jarvis Lorry había tenido un largo y fatigoso día de trabajo en el banco. Uno de esos días que él denominaba “jornadas espíritu-destructivas” en esa manía obsesiva suya de etiquetar con tecnicismos cada episodio de su vida. Según su teoría, los días de la vida de un hombre podían clasificarse en siete grandes grupos, a los que había llamado con nombres como “días borrasco-nostálgicos” o “jornadas ímpetu-creativas”. Y en su fanático catalogar y denominar, había caído en la cuenta de que eran más los días malos de casi cualquier persona que los días clasificados como buenos. Exactamente en una proporción de cinco a dos. Que el fin de semana influyese en su teoría no lo tenía todavía demasiado claro.

Nada más entrar en el vestíbulo de su casa se quitó los zapatos, los dejó a los pies del perchero como hacía siempre, se quitó la chaqueta empezando primero por la manga izquierda como siempre, y cuando fue a colgarla en el perchero de siempre, se encontró un sombrero que no había estado siempre ahí. Pero sí había estado en otro sitio, muchas veces.

Se quedó mirando aquel Borsalino totalmente perplejo. Sabía que lo conocía y no se acordaba de qué. Sin su cabeza, ese sombrero quedaba huérfano en la memoria de Jarvis. Y en un acto reflejo, cómo si se tratase de una persona, le dio vergüenza y apartó la mirada de él para no tener que pasar el mal trago de que el sombrero sí le reconociese y pudiese molestarle su falta de retentiva.

En el momento en que alzó la voz para preguntar a su mujer, allá donde estuviese, si tenían invitados, situó el sombrero en la cabeza de pelo rizado y canoso que le servía de sujeción. La de su jefe. Él, que era el primero en abandonar la oficina para, como sabía todo el banco, reunirse con su amante. El jefe que le había mandado acabar el trabajo de toda una semana en una misma noche. Ese mismo jefe que había estado ilocalizable a la hora de avisarle por teléfono de que no podía seguir con el préstamo hasta que no le llegasen los informes positivos del Departamento de Evaluación de Riesgos Financieros y que se iba a casa. Su jefe, que noche tras noche, al pasar a su lado antes de salir de la oficina, le guiñaba un ojo por debajo del ala de su sombrero y le decía con una amable sonrisa: “yo sigo con el trabajo en casa”. A lo que Jarvis sonreía estúpidamente con la esperanza de un futuro ascenso y devolvía el guiño como queriendo decir: “dale fuerte a esa zorrita, yo no diré nada”.


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