"No seas como tantos escritores, no seas como tantos miles de personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso, no te consumas en tu amor propio."

Charles Bukowski



14 de enero de 2014

Recuerdos, dudas e ilusiones (I)


80 años de vida y no recuerdo un día mejor que el del nacimiento de mi hija. Y eso que he tenido muchos momentos agradables y alguno que otro de verdadero éxtasis. Hoy puedo decir sin dudar un segundo, que he tenido una vida plena, llena de experiencias, algunas malas y dolorosas, pero en su mayoría buenas. Incluso los malos momentos, a lo largo de los años, suelen ser las mejores lecciones de vida y acabas entendiéndolos como valiosos regalos de la existencia.

En mi juventud viajé mucho, sin un puñetero duro. Me hubiera gustado viajar aún más, pero quizás me hubiese perdido otras cosas que viví quedándome en mi ciudad. Conocí a un montón de mujeres, cada cual más guapa e interesante que la anterior. Y acabé con la mejor de ellas sin duda, María, la que ha sido mi mejor amiga durante casi cincuenta años, mi apoyo incondicional en los momentos más difíciles y los dedos más suaves que han acariciado nunca mi espalda. Y aunque hemos tenido nuestras diferencias, aprendimos a convivir con ellas y conseguir una felicidad que ahora, a mi edad, me parece envidiable. Hace ya más de cinco años que un tumor cerebral acabó con su vida, y todos los fines de semana voy con nuestra única hija, Yolanda, a visitar su tumba. Ella no tarda en marcharse porque tiene una familia, un trabajo de gran responsabilidad y, en general, una vida agotadora. Pero yo suelo quedarme en el cementerio durante horas, con la esperanza de que un día no encuentre la salida y me pueda reunir con mi mujer allá donde esté.

El día que nació mi hija, no quería soltarla. Recuerdo quedarme sentado con ella en brazos mientras María descansaba mirándonos desde la cama. También recuerdo como frotaba su cabeza contra mi pecho buscando protección. Tenía una respiración profunda que parecía provenir de un cuerpo mucho más grande que el de un bebé y tenía una cara tan inocente, tan indefensa, tan angelical. Si me acuerdo con tanto detalle de todo es porque ese momento lo he revivido mentalmente cada día de mi vida, como estoy haciendo ahora.

Recuerdo cuando llegamos a casa dos días después y la pusimos en su cuna de madera, al lado de nuestra cama. Ya teníamos preparada su habitación, llena de peluches y recién pintada de rosa, a pesar del poco dinero con el que entonces contábamos. Pero durante los primeros meses preferimos que durmiese con nosotros. Era una niña tan buena, que ahora mismo no recuerdo un solo llanto por las noches, ni un solo problema con las papillas. La primera mañana que pasamos en casa, María me despertó y me dijo que la mirase. Yolanda estaba con los ojos muy abiertos clavados en nosotros, sin hacer un solo ruido, con una sonrisa cómplice, como queriendo decir “todavía estáis ahí, no habéis desaparecido”. Ellas dos, las mujeres de mi vida, lo han sido todo para mí. Y no habrá eternidad suficientemente larga para podérselo agradecer.





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