"No seas como tantos escritores, no seas como tantos miles de personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso, no te consumas en tu amor propio."

Charles Bukowski



16 de enero de 2014

Recuerdos, dudas e ilusiones (II)


30 años de vida y espero no tener que vivir muchos más. Mi hija está a punto de nacer y, aunque no se lo he podido confesar ni siquiera a mi psicólogo, no tengo ni ganas ni fuerzas de pasar por esto. Tengo un terrible dolor en el pecho, un terror que me paraliza en la silla de la sala de espera, y bastantes ganas de vomitar. Hace un rato una enfermera se me ha acercado para preguntarme si me encontraba mal y ha insistido en que me mirase un médico.

“No gracias, sólo son los nervios, mi hija está a punto de nacer”.

Quería viajar por todo el mundo en mi juventud y por culpa del dinero y la salud he salido de mi país sólo dos veces en diez años. Doce veces de mi ciudad. Ahora tengo el trabajo más monótono que existe que me permite mantener a duras penas una vida aburrida que jamás deseé. Vivo en una casa de las afueras y todos los días pierdo dos horas de mi vida metido en los atascos. Pero no todo en mi vida es tan penoso, no sería justo dar esa impresión. Al menos me alegra saber que a mis amigos de la infancia no les va mucho mejor que a mí. No me siento tan fracasado y a veces incluso llego a pensar que esta apatía vital es inevitable para el hombre cuerdo. Una vez al año vuelvo contento a casa: el día en que nos reunimos para cenar. He observado a mis antiguos amigos, y debajo de las sonrisas y las repetitivas bromas de aquellos que un día fueron tan soñadores e ingenuos como yo, veo en sus ojos el mismo abatimiento y tristeza que me invade noche tras noche. No veo ninguno de los sueños que tenía de joven cumplido y tengo la sensación de que no los veré. El psicólogo dice que tengo la famosa depresión de los treinta, y que me espere a tener cuarenta para darme cuenta de lo bien que me van las cosas. Hay días de consulta que acabo yo consolándole a él.

Un médico me llama a la sala donde ya ha nacido mi hija. Debería estar entusiasmado, pero tengo miedo y una sensación de desamparo frente a la vida que me provoca un mareo terrible, haciendo que me cueste varios minutos llegar al interior de la sala. Y allí está Yolanda, amoratada por el esfuerzo, en los brazos de su madre. La cojo, la miro a sus grandes ojos vidriosos que parecen no ver todavía con demasiada claridad, y una lágrima resbala por mi mejilla. Son sentimientos encontrados. Por un lado soy extrañamente más feliz de lo que era hacía unos segundos. Por otro, estoy más aterrorizado de lo que estaba en la sala de espera. Me gustaría no estarlo, me gustaría quererla con locura desde ese preciso momento, no pensar en lo que supondrá en unos días, en unos meses y durante bastantes años. ¿Por qué pienso que no era el momento, que me he equivocado? Que acabo de renunciar de una vez por todas a mis sueños y ambiciones. ¿Por qué me siento atado? Intento quitarme esos pensamientos de la cabeza pero golpean nuevamente con más fuerza. Mi yo más profundo pide a gritos explicaciones. ¿Qué coño estás haciendo? Y a la vez la abrazo contra mi pecho, me siento en un sillón de la fría sala de hospital y la noto respirar, acomodar su cabecita y dormirse. Y a pesar de todo me siento útil por primera vez en muchos años, útil con una persona a la que todavía no estoy seguro de querer pero que espero conseguirlo algún día. Al menos me siento por fin útil, aunque sólo sea de almohada.

En el viaje de vuelta a casa dos días después, voy conduciendo por la autopista. Yolanda duerme en su sillita en la parte de atrás del coche. La sillita es la mejor y más cara del mercado. Medio sueldo gastado en una mierda de sillita que si nos estampamos a 120 kilómetros por hora no va a valer de nada. Pero era necesario, son cosas en las que no vale la pena ahorrar. Mientras, voy discutiendo con María, como es habitual en los viajes en coche de los últimos cinco años. En los viajes en coche, en tren, en la playa, en casa, en casa de los amigos, en los restaurantes, en los cafés, en alguna que otra boda… Discutir se ha convertido en nuestra principal actividad de pareja y ocupa ahora gran parte de mi vida. Así he ido cogiendo mucha práctica en esquivar acusaciones, desviar los temas y defenderme con silencios.

A María le parece que conduzco demasiado brusco. Me dice que ellas no son ovejas y que ahora con la niña no me lo iba a consentir. Que por qué no le hago caso y bajo la velocidad. Que no me pegue tanto al coche de delante que soy un lameculos. Que me he pasado la salida. Y que baje la velocidad de una puta vez. A María también le pareció un bonito nombre el de Yolanda, y horrible el nombre de Ana. Demasiado corto e insustancial. Tan simple como mi personalidad, por eso no le extrañaba que a mí me gustase. Pero, por supuesto, se iba a llamar Yolanda, íbamos a pintar su habitación del rosa más feo de toda la tienda de pinturas e íbamos a comprar una sillita para el coche de seiscientos euros.

Todavía no ha salido el sol y noto que alguien me toca el brazo. Debe ser María. No hago caso y sigo durmiendo, pero el pequeño roce inicial se convierte en un tremendo pellizco que me hace abrir los ojos e incorporarme de un salto.

“¿Qué hostias pasa?”

“No sé cómo puedes dormir tan profundamente y no parar de roncar estando nuestra hija en la habitación. Mira a la niña, nos está mirando, está guapísima”

Tanteo en la mesilla de noche para coger las gafas de intelectual que mi mujer ha elegido para mí y miro la hora del despertador. Las seis de la mañana de un domingo. Qué divertido. Miro a la niña. Está tumbada boca arriba, con el cuello retorcido de forma casi imposible para dirigir la mirada hacia nosotros. Y nos mira con los ojos saliéndose de las órbitas. Al principio tengo miedo de la imagen que parece sacada del muñeco diabólico, pero luego, cuando me doy cuenta de lo que en realidad pasa, me invade el terror.

“¡Está muerta!”

“¿Tú eres gilipollas o qué te pasa? Menudo subnormal de padre tienes hija, espérate a conocerle.”


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